Jack hablaba y el mismo notaba que sonaba arrítmico. Sus cuerdas vocales chasqueaban a la vez que lo hacían sus dientes. “No tengo frío. Es todo de aquí”, dijo Jack llevándose la mano izquierda a la cabeza. De manera continua, cogió la botella de tequila y la abrió mientras explicaba que aunque no era el mejor momento era justo lo que necesitaba. Unas copas de tequila.
Era verano y el sol apretaba tanto que hubo quien sufrió el calor en sus carnes, pero Jack vivía en otro año, en otro mes, en otro día. No quiso romper con el pasado y día a día vivía anclado entre cálidas imágenes de las cuales sostiene que son el mejor remedio para amparar el frío. Nadie le creía. Vulnerable y ayudado por el alcohol gritaba:
“Ya sé que estoy loco, pero yo miro hacia abajo y llevo una banda especial, lo mío es real y vosotros le ponéis precio a sabiendas que no se vende. Yo puedo encontrarme la ciudad patas arriba, con 300 sonámbulos y callarme, pero no puedo esconder que el dolor sabe bien. Y al parecer no os sienta bien perder.”
Trago a trago su cuerpo perdía la compostura y su rostro palidecía. Se veía gracioso intentando salvarse de su caída hacia el abismo; lo que más temía, era no intentarlo, aunque era ponerse de pie lo que le costaba.
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