martes, 27 de enero de 2015

El recuerdo más noble


El recuerdo más viejo que guardo tuvo lugar hace veinte años. Yo tenía tres años, no más. Mi padre me había comprado una colchoneta. Era pequeña,  pero no me importaba. Yo soñaba con cruzar el océano. A mi madre no le gustaba la idea aunque nunca me lo dijo.
Cuando me la dio, la agarré con ahínco y me escondí bajo la mesa. Mi madre enfadada repetía una y otra vez “sal de debajo de la mesa, vas a quedar pequeña”, pero me daba igual, yo no quería crecer, yo quería cruzar el océano. Navegar entre delfines. Ver las estrellas y empaparme del brillo de la luna. Poco importaba no crecer. Al igual que mi padre, quería atravesar el mar e ir hacia el infinito del horizonte, donde nada acaba. 
-¿Davinia?- inquirió mi padre
-¿Si? – Respondí. Entonces me reí a carcajada limpia, salí de debajo de la mesa airosa y salté a los brazos de mi padre - Papá, ¿mañana vamos a la playa?-
-Pues no lo sé, si el tiempo lo permite sí. ¿Ya quieres estrenar la colchoneta?-
- ¿Estrenar?- pregunté atónita -Yo quiero cruzar el océano.-
Mi madre, se volvió hacia nosotros y se desternilló. Una risa burlona y fea que se mete entre oído y oído y no quiere salir -Estás mucho tiempo delante de la tele. Demasiados dibujos. Ahora a la cama, mañana tenemos que levantarnos temprano-
-¿Entonces vamos a ir a la playa?- Insistí
-Sí, a cruzar el océano- Respondió ella y, acto seguido, se rio.
Mi padre me acompañó hasta la habitación. Y como todas las noches, tenía miedo. Agarré a mi padre con fuerza y le pregunté si esa noche también querrían las calaveras dormir conmigo.
Las calaveras siempre dormían conmigo y, a menudo, taladraban mis sueños. En más de una ocasión, me declararon la guerra y un ejército de más de un millón de soldados calaveras invadían mi habitación. Y él, siempre me decía lo mismo “no hay nada en tu habitación” y yo, lloraba. Algunas veces, si había suerte, podía dormir con ellos. Y esa noche, pude dormir con ellos. 
Los rayos de sol violaban las rendijas de la ventana y la claridad golpeaba mi abrir y cerrar de ojos. Perezosa, me arrastré por toda la cama. No había nadie.
-¿Mamá?, ¿Papá?- Pero nadie contestó. -¡¡Las calaveras invadieron el mundo!!-
Miré a un lado y luego, al otro pero no obtuve respuesta. Me levanté sobresaltada y busqué por todas las habitaciones. No estaban. Descalza y con un pijama -si bien recuerdo, era verde- ya no quería cruzar el océano. Quería a mis padres. Abrí la puerta de casa, llamé al ascensor y corrí calle abajo.
Hacía buen día y a mi paso, un desfile de caras desconocidas que ponían su atención en mí: una niña con sus rizos de oro al viento, dotada de una palidez sobrenatural, cubierta de lágrimas de cocodrilo y, como no podía ser de otra forma, con los pies negros.
No sé cuánto corrí pero sí, que al principio de la calle Ezequiel Massoni, estaban mi padre y mi madre. Fue uno de los días más felices de mi vida. Habían ganado la guerra a las calaveras y para celebrarlo habían salido a comprar unos kilos de sardinas para asar en la playa.
Y yo, crucé el océano en la orilla de la playa de Mogor.
Atrea

Género: narrativo

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