El recuerdo más viejo que
guardo tuvo lugar hace veinte años. Yo tenía tres años, no más. Mi padre me
había comprado una colchoneta. Era pequeña, pero no me importaba. Yo soñaba con cruzar el
océano. A mi madre no le gustaba la idea aunque nunca me lo dijo.
Cuando me la dio, la agarré
con ahínco y me escondí bajo la mesa. Mi madre enfadada repetía una y otra vez
“sal de debajo de la mesa, vas a quedar pequeña”, pero me daba igual, yo no
quería crecer, yo quería cruzar el océano. Navegar entre delfines. Ver las
estrellas y empaparme del brillo de la luna. Poco importaba no crecer. Al igual
que mi padre, quería atravesar el mar e ir hacia el infinito del horizonte,
donde nada acaba.
-¿Davinia?- inquirió mi
padre
-¿Si? – Respondí. Entonces
me reí a carcajada limpia, salí de debajo de la mesa airosa y salté a los
brazos de mi padre - Papá, ¿mañana vamos a la playa?-
-Pues no lo sé, si el tiempo
lo permite sí. ¿Ya quieres estrenar la colchoneta?-
- ¿Estrenar?- pregunté
atónita -Yo quiero cruzar el océano.-
Mi madre, se volvió hacia
nosotros y se desternilló. Una risa burlona y fea que se mete entre oído y oído
y no quiere salir -Estás mucho tiempo delante de la tele. Demasiados dibujos.
Ahora a la cama, mañana tenemos que levantarnos temprano-
-¿Entonces vamos a ir a la
playa?- Insistí
-Sí, a cruzar el océano-
Respondió ella y, acto seguido, se rio.
Mi padre me acompañó hasta
la habitación. Y como todas las noches, tenía miedo. Agarré a mi padre con
fuerza y le pregunté si esa noche también querrían las calaveras dormir
conmigo.
Las calaveras siempre
dormían conmigo y, a menudo, taladraban mis sueños. En más de una ocasión, me
declararon la guerra y un ejército de más de un millón de soldados calaveras
invadían mi habitación. Y él, siempre me decía lo mismo “no hay nada en tu
habitación” y yo, lloraba. Algunas veces, si había suerte, podía dormir con
ellos. Y esa noche, pude dormir con ellos.
Los rayos de sol violaban
las rendijas de la ventana y la claridad golpeaba mi abrir y cerrar de ojos. Perezosa,
me arrastré por toda la cama. No había nadie.
-¿Mamá?, ¿Papá?- Pero nadie
contestó. -¡¡Las calaveras invadieron el mundo!!-
Miré a un lado y luego, al
otro pero no obtuve respuesta. Me levanté sobresaltada y busqué por todas las
habitaciones. No estaban. Descalza y con un pijama -si bien recuerdo, era
verde- ya no quería cruzar el océano. Quería a mis padres. Abrí la puerta de
casa, llamé al ascensor y corrí calle abajo.
Hacía buen día y a mi paso,
un desfile de caras desconocidas que ponían su atención en mí: una niña con sus
rizos de oro al viento, dotada de una palidez sobrenatural, cubierta de
lágrimas de cocodrilo y, como no podía ser de otra forma, con los pies negros.
No sé cuánto corrí pero sí, que
al principio de la calle Ezequiel Massoni, estaban mi padre y mi madre. Fue uno
de los días más felices de mi vida. Habían ganado la guerra a las calaveras y
para celebrarlo habían salido a comprar unos kilos de sardinas para asar en la
playa.
Y yo, crucé el océano en la
orilla de la playa de Mogor.
Atrea
Género:
narrativo
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