martes, 26 de agosto de 2014
Amor entre dos iguales
Las manos se entrelazaban mientras sus cuerpos caminaban por el asfalto. Las miradas eran cómplices de lo ocurrido, y las sonrisas marionetas obligadas por el disimulo. En una libreta imaginaria, escribían sus destinos, el de una era viajar y el de la otra era pasar el resto de su vida al lado de su fiel compañera; las discrepancias eran obvias y sin embargo cuando creían que no había nada de que hablar la chispa surgía del fósforo de una cerilla, y era entonces en esos momentos cuando las manos que se entrelazaban se volvían ásperas ante la recepción de la otra. Adelantándose al destino, avisaban al espectador lo que iba a suceder y paso a paso construían un camino de seda, puesto a que el de asfalto hacía más graves las heridas al caerse.
Interpretaban las caricias del silencio, y hacían yacer las notas de música más espectaculares con tan sólo un rechazo; pero no había libreta a la cual ellas no supieran escribir un final juntas y es que la atracción física entre ellas era ya un acontecimiento real que la gente no quería observar por que ver a dos mujeres juntas besándose es molesto. Insultos, discriminación, daños psíquicos, pero el afán de vivir por que el final de algún libro compuesto por sus letras y manos se hicieran realidad, era más fuerte que soportar ruidos molestos que la gente emitía por querer ser igual y no poder.
La renuncia se convirtió en la coronada simpatizante de sus vidas; -renuncio a la vida porque no me acepta tal y como soy, renuncio a luchar por la igualdad porque soy mujer y me discriminan, renuncio a ser heterosexual porque encontré el amor en la chica con la que jugaba a las muñecas, renuncio a mi familia si no aceptan mis condiciones porque es en estos momentos cuando los necesito y no los tengo, renuncio a la iglesia y a sus normas porque se habla de compasión, solidaridad, ayuda, pero nunca lo ponen en práctica, renuncio a discutir mis derechos como persona porque los demás lo discuten por mí.
Cicatrices y heridas se han ido curando cuando entre ellas se han ido aceptando como hombre y mujer, cuando en la cama una adoptaba la actitud del macho y la otra era simplemente la hembra, cuando en el mercado una llevaba lo económico y la otra se encargaba de hacer la comida; pero en todas estas acciones ellas eran ellas y nadie podía imponerle una segunda personalidad porque siendo ellas conseguían llegar al orgasmo más sincero nunca jamás expuesto a la universalidad y es que un beso, un roce, una caricia, el mínimo susurro al oído, podía ser el salto a la habitación próxima y entonces empezaban una encima de la otra; las manos caían pesadas por sus cuerpos, sus susurros proclamados para empezar un revolcón se volvían en gemidos pronunciados. La morena besaba a la rubia en el cuello, y sus labios se posaban en cada rincón del distrito de su piel, llegó al pecho, su lengua salía para fuera como si fuera a recoger un premio por llegar asta allí, y el pezón de su compañera era ya un estímulo más para revolucionar las hormonas del placer. La rubia echaba de su saliva en torno al ombligo bajando hacia sus zonas íntimas y allí gozaba lamiendo lo que se puso húmedo por el calor del momento.
No había nadie en ningún momento, que en su vida pudiera manipular sus propuestas, y es que ni en la cama se preocupaban por sentir placer, porque con tal de estar juntas y sentir el amor correr por las venas que llegan al corazón era ya un espectáculo que sólo ellas podían experimentar.
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