Nos apresuramos al final de las cosas sin tener en cuenta el efecto desgarrador del cambio. Saltamos al vacío y nos dejamos arrastrar por la corriente, ¿la culpa?, el dominio emocional sobre la racionalidad estúpida del hombre. Y digo estúpida por la derrota del hombre contra el dolor. De la inesperada y triunfante entrada del amor. Por tanto, ¿ Quién no conoce los daños irreversibles de las experiencias?
Después de saltar y no sentirnos triunfantes sino sólo la pesadez de nuestros cuerpos, se apresuran el remordimiento y la duda. Remordimiento por culparnos de saltar sin tener en cuenta el efecto de tal acción. Duda por la reinante vacilación a la hora de tomar una decisión después de saber que lo que hicimos, lo hicimos mal.
Y entonces vuelve a suceder la racionalidad estúpida del hombre. ¿Y si fracaso?; el que arriesga no gana. ¿Y si gano?; ganar requiere su esfuerzo, pero si jugamos sucio será más fácil. ¿Cómo? tirándonos al vacío, otra vez, sin tener en cuenta los factores que condicionan nuestro porvenir.
Qué el hombre tropieza con la misma piedra es algo que todos conocemos, pero ¿Acaso nos detuvimos en tratar de abordar el problema desde su momento fundacional? evidentemente no; Es más fácil hacerlo porque sí, porque está mandado, porque todos lo hacen sin reparar en que cada uno de nosotros poseemos una racionalidad estúpida específica
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